Un perro muerto

De regreso a casa divisé a lo lejos a un perro que aparentaba dormir. Pero mientras me acercaba me causó extrañeza que no se moviera ni un poco. Por lo general los animales no duermen profundamente, y con tanto ruido me resultaba imposible de creer que un perro pasase varios minutos sin atinar siquiera a moverse. Por fin mí sospecha se concretó en una penosa realidad. El perro estaba muerto. En otras ocasiones no di tanta atención a la muerte de un perro, mas ésta fue diferente. El infortunado animal se tomó la molestia de morirse en el jardín de mi casa.

Con el correr de las horas y con la ayuda de los vecinos “siempre dispuestos a ayudar en todo”, pude conocer los pormenores del trágico deceso. El can era la mascota de una familia adinerada que le dedicaba mucho cuidado. Era la primera vez que el perro se escapaba de su casa y lo hizo en un momento de distracción de sus dueños. La causa que motivó el escape del guardián, fue una perra en celo que pasó frente a la casa. El instinto animal (o debo decir sexual) le jugó a este buen perro la peor de las pasadas.

Cuando por fin superé la sorpresa, tuve tiempo para meditar en el instinto animal que llevó a la muerte al perro. Es natural ver a los perros correr peligrosamente por las calles, en medio de veloces autos atrás de una hembra en celo, no importándoles si dicha perra sea desnutrida y sarnosa. Los machos son capaces de lo imposible por responder a su instinto, aunque le cueste la vida.

Mi meditación era tranquila hasta que consideré la actuación de los seres humanos ante el instinto sexual. ¿Será que los seres humanos actuamos de la misma manera que los animales? Dar una respuesta generalizada a esta interrogante es exagerado, pero muchas veces la actitud de los humanos no difiere en demasía de los animales. Si bien los hombres no corren en montones atrás de una mujer o no se arriesgan a perder la vida en la calle como los perros, el ser humano si sufre las consecuencias del uso indebido de la sexualidad.

La practica indebida del acto sexual tiene consecuencias graves, entre ellas: hijos no deseados, enfermedades venéreas, abortos. Así mismo, es común ver a los jóvenes que abandonan el estudio, ya que un embarazo inesperado les urge a conseguir empleo, de esta manera aportan a la sociedad mano de obra barata. Los matrimonios que surgen a debido a estos embarazos inesperados tienen una base poco firme, más aun cuando la pareja esta compuesta por adolescentes. La joven pareja, a menudo pensará si hizo bien en casarse, o que aun le falta “experimentar la vida” lo que colocará en jaque permanentemente a la unión conyugal. Una vez rota la relación matrimonial los eventos posteriores serán más dolorosos. Por lo tanto se concluye en que las consecuencias del uso indebido del acto sexual, además de graves pueden ser de carácter acumulativo.

Pero, ¿existe una regla que indique el limite entre la practica debida e indebida del sexo?. La respuesta es positiva, además como toda ley contempla la protección del fiel cumplidor y no sólo el castigo del infractor. Tal reglamento tiene miles de años de antigüedad. Es conocido por muchos pero no respetado por todos. Solo se ve obligado a cumplirlo aquel que reconoce sus beneficios y lo acepta para si mismo como norma de conducta. Dicha regla se halla contenida en la Biblia.

Lamentablemente la sociedad condiciona a sus miembros a rechazar lo que la Biblia establece como normas para la práctica del sexo. Los medios de comunicación transmiten mensajes cargados de erotismo, las publicidades son realizadas por expertos que en forma subliminal relacionan cualquier producto con la pasión sexual. El mensaje de los hedonistas: “si te produce placer todo está bien”, es la consigna del tiempo presente. El que anhela disfrutar del sexo de acuerdo al patrón bíblico es considerado: ridículo, reprimido y amargado. Y así el que desea alcanzar los beneficios de la ley bíblica, se enfrenta a una sociedad que sufrió un “lavado de cerebro”.

Sin embargo, es posible evitar ser arrastrado por la corriente. El mismo libro que establece las reglas promete, a quien las acepte, la capacidad para cumplirlas. Es necesario aclarar que el autor de la ley, Jesús, conoce perfectamente las presiones que experimenta la persona que acata sus leyes. El mismo las experimentó cuando estuvo de paso por la tierra. La Biblia, respecto a esta situación, dice: “…(Jesús) puede compadecerse de nuestra debilidad, porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros, solo que él jamás pecó.”

Cada individuo tiene derecho a disfrutar del sexo sin tener que sufrir consecuencias por hacerlo. Y con ese fin Dios estableció reglas precisas, pero posibles de cumplir. Solo nos queda la responsabilidad de diferenciamos de los animales, y para eso, nada mejor que aceptar las normas establecidas por Jesús.

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