El Proceso para Vivir en Autoridad

El Proceso para Vivir en Autoridad

Filipenses 2:5-11

 

No es tan extraño que alguien tenga lo que necesita y no lo use o no lo disfrute. La historia del hijo pródigo lo muestra en dos personas antagónicas. El hijo rebelde que se va de la casa y el hijo obediente que se queda. El hijo rebelde llega a la ruina y comiendo la comida de cerdos hasta que se da cuenta que su padre es rico y puede al menos vivir como empleado de su padre. Mientras el hijo obediente es dueño de todo lo de la casa pero siente que no le corresponde nada al punto que se lamenta que su hermano coma un cordero, mientras que él es el dueño de toda la manada. Ambos tienen riquezas pero no la disfrutan y la sienten ajena.

Así sucede con la autoridad espiritual, es nuestra, nos corresponde por ser hijos de Dios (Efesios 1:3, 18-23), pero no siempre vivimos en ella. La gran mayoría de creyentes están lejos de una vida de impacto. Con gran dificultad gobiernan su casa o pueden mantener a sus hijos en sujeción.

¿Por qué no vivimos en autoridad espiritual? Jesús, nuestro modelo en todo es la respuesta a esta interrogante. Él siendo Dios, vino al mundo despojado de autoridad y en la condición de hombre inició un proceso de empoderamiento que finalmente le llevó a ser la mayor autoridad debajo de los cielos, y no por su condición divina, sino, en su condición humana. En Filipenses 2:10-11 leemos: “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos,  en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”

El mismo proceso de empoderamiento que llevó a Jesús a ser la máxima autoridad debe ser desarrollado por cada uno de nosotros. La tarea que nos es impuesta lo requiere, la crisis en la que vive la sociedad lo demanda, el futuro de nuestras familias será determinado por la autoridad con la que les ministremos, por tanto, debemos  desarrollar el proceso a la manera de Jesús, para vivir en la autoridad que como hijos de Dios nos corresponde. Este proceso inicia con 3 decisiones. Veamos las decisiones que permiten vivir en la autoridad que como hijos de Dios nos corresponde

Decisión #1

Renunciar a la autoridad propia (Filipenses 2:6)

La autoridad que le era propia a Jesús era la divina. “Él,  siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo” (Filipenses 2:6-7). Cuando el texto dice “no se aferró” la construcción griega se refiere a un premio al que aferrarse y no a algo que debe ser ganado, él preexistía como Dios y no se aferró a esa condición[1].

¿Qué implica que Jesús se halla despojado de autoridad? Primero, que vivió limitado a las necesidades humanas, tuvo hambre, se cansaba, etc. Segundo, ejerció su ministerio dependiendo del poder del Espíritu Santo, porque él renunció a su poder (Lucas 4:14). Tercero, no se defendió a sí mismo, sino que se respaldó invocando las obras de su padre (Juan 5:36). Y, finalmente, soportó el maltrato de sus enemigos (Mateo 27:29)

Todos tenemos naturalmente un grado de autoridad, ya sea que seamos: padres ciudadanos, dueños de algún bien, hijos, jefes, maestros, hermanos, líderes u obreros. Renunciar a la autoridad propia implica que debemos buscar la llenura del Espíritu Santo para cumplir con las responsabilidades que tenemos, apelar al respaldo divino en vez de defendernos y soportar el maltrato de quienes no reconocen nuestra autoridad.

Decisión #2

Tomar la forma de siervo (Filipenses 2:7)

Al dejar su forma de Dios, Jesús decide tomar otra forma, la de siervo. No era suficiente con la forma humana, para alcanzar la autoridad, debía ser el siervo de los demás. Cuando decimos forma de siervo, no nos referimos a lo físico, sino a la actitud con la que se relacionó con la humanidad. A los hambrientos dio de comer, a los enfermos los sanó, a sus discípulos los llamó mis amigos y a sus amigos le lavó los pies. El creador del universo colocó una toalla en su cintura, tomó una palangana y uno a uno lavó los pies polvorientos de sus amigos.

Mientras la humanidad pelea por sobresalir uno sobre otro y el mayor quiere ser servido por el menor, nosotros debemos hacer el servicio a los demás nuestra forma de vida.

Decisión #3

Sujetarse al plan divino (Filipenses 2:8)

El plan divino con respecto a Jesús era la muerte expiatoria por el pecador. Para que la muerte expiatoria fuera comprendida como tal, debía ser ejecutada de la manera más vergonzosa y cruel que pudiese experimentarse. Por eso la cruz, luego de la tortura. Golpeado, hecho jirones, el hijo de Dios fue colgado desnudo y molido. Si hay algo que queremos es una muerte digna, pues, la muerte de Jesús es lo menos digna que se pueda imaginar.

En este sentido, para sujetarse al plan divino, Jesús necesitó humillarse  y ser obediente. La humillación de Cristo está en la muerte vergonzosa a la que fue sujeto. Y fue en el huerto de Getsemaní donde Jesús manifestó su obediencia al aceptar la voluntad divina de pasar por ese tipo de muerte que le esperaba.

El plan de Dios es lo mejor que nos puede pasar. Pero muchas veces necesitaremos pasar por la humillación y la obediencia para que el plan sea cumplido. La verdad de Dios es que, luego de la humillación y la obediencia, Dios nos colocará en el lugar de autoridad que nos corresponde. Y una vez que estamos en autoridad podemos ser de impacto para nuestra sociedad y de bendición para nuestras generaciones.

Aplicación:

  1. En este tiempo ¿En qué área está necesitando que el Espíritu Santo le dé autoridad para cumplir con la responsabilidad que le corresponde?
  2. ¿Qué puede hacer esta semana para manifestar la forma de siervo?
  3. Con la intención de orar juntos, compartan en que les está dificultando ser obedientes.

 

[1] Archibald Thomas Robertson, Comentario Bíblico al Texto Griego Del Nuevo Testamento. (Editorial Clie, 2003. Versión digital para E-Sword 10.4, 2016), bajo Fil. 2:6.

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